Generación de la Amistad Saharaui, es un grupo de poetas saharauis que escribe en castellano. Algunos de sus relatos y poemas, están dedicados a Cuba, la tierra que les acogió durante tantos años y les enseñó a amar la poesía. Sus palabras se convierten en un vínculo entre dos pueblos hermanos. En su página web www.generacionamistadsaharaui.com se puede encontrar información a cerca de los libros que han publicado, poemas y relatos y los eventos en los que participan. Estos son algunos de ellos:
Poemas
Cubana - Mohamed Salem Abdelfatah, Ebnu
Te recuerdo mojada
Lehbib
El huracán
levanta las enaguas
de tu vieja ciudad que despierta.
La lluvia
enviste la firme geografía
de tu cuerpo insular.
Canta el malecón.
Baila la ceiba.
Hablan los caracoles:
¡Se suspende mañana!
Tu cintura
suda otro domingo
de carnaval entre las olas.
Mientras me evaporo
bajo las alas blancas
de un mosquitero de yagua
listo para morir entre
la humedad de tus muslos de primavera.
Mima - Chejdan Mahmud
Dijo ella:
"Llámame madre, o
acaso, mima"
Bien, pensé yo.
Días después
ya no tuvo que corregirme,
y le dije: (tímidamente)
"Siento... siento amagos en mis adentros
pujándome sin parar.
No sé... pero algo está pasando,...
debo confesártelo: es una ilusión que tengo
desde... desde este entonces...
hacer el amor con mi madrastra,
¡juntar mis labios con los tuyos!
¡apretar tus pechos!"...
No pude mirar sus ojos.
¡Qué vergüenza!
Ella dijo:
(tímidamente)
"Tú, mi propio protegido,
al que no parí pero di cobijo,...
(pausa larga)
... maldito infiel..."
Lo sabía.
Luego, tan luego,
volví a amar
y adquirí la costumbre
de rezar antes de dormir.
Ama a tu madre,
después a tu madre,
luego a tu madre,
después a tu madrastra.
Yo amé a mi madrastra
hasta la saciedad.
Hoy me resigno,
pero, incomprensiblemente, dejé
de soñar con sus dulces
y tiernos labios.
¡Es tan hermosa la jodida!
Reconciliación - Ali Salem Iselmu, Pirri
Bajo la promesa del calor
desapareció la lluvia,
los colores son enigmáticos
y la nueva ciudad es una basta colina,
algunas palabras suenan lejanas
y el olor de la fruta es un espejismo.
La familia reunida alrededor del té
conversa de forma espontánea
y el horizonte desaparece en el cielo.
El turbante, el siroco,
la lógica del desierto
impone la naturaleza de las cosas.
El sabor de la leche es extraño
y cada paso persigue una nueva huella
en una ruta infinita;
ser beduino y caribeño
se lleva dentro del alma.
Poligamia - Limam Boicha
No quiero hacer
arrugadas aclaraciones,
ni leer un prospecto sagrado;
tampoco quiero
hurgar en la historia de la herida.
Pero cuando veo
algunos rostros hisurtos,
más bien pienso
en otra cosa,
y digo:
esta vez hablaré claro,
rotundo.
Yo soy un hombre
que practica la poligamia,
y cuento con una ventaja:
mi religión me lo permite.
Tengo tres…
tres amantes…
y a las tres las quiero por igual.
Eso es todo,
y lo confieso en alta voz,
al amigo y al desconocido,
al vecino,
con su expresión devota,
y a Ella, mi querida aurora.
Tengo tres…
tres amantes:
Sahara, Cuba y Canarias;
y a las tres
las quiero por igual.
Relatos
De la toronja y de la tormenta - Chejdan Mahmud Yazid
Un bosque verde espeso y muy cerrado, quizás es la imagen que más me impactó en mi tierna infancia, porque, mi primera exclamación al verlo desde la guagua “Girón V” era: “uy, si me meto allí, me perderé para siempre”. Tenia apenas 9 años de edad, quizás ya cumplidos o todavía por cumplir o, talvez 10 años?.
Con el tiempo, aquel bosque tenebroso se convertiría en tantas cosas para mí que, hoy en día aún añoro su generosidad, complicidad y compañía. Fue mi cobijo; mi alimento; mi mar; sitio de mis juegos y travesuras y cómo no, mis amores y desamores.
Era el mes de octubre de 1982 y, mi inquieta curiosidad volaba y tanto que se me difuminaba casi por completo: qué soy; de donde vengo; porqué vengo; a donde voy etc. tantas cosas que marcan y marcarían para siempre mi vida. En esos momentos se abría para mi un mundo nuevo, una vida en la que me sumerjo profundamente en todos los sentidos y maneras. No tenía lugar en mi mente otro fin, que explorar el lugar donde estoy, aquellos frutos grandes y amarillos que colgaban de los árboles y que se veían por todas partes en cantidades infinitas, hacían latir aún más fuerte mi curiosidad y mi apetito, que sin saber todavía qué era aquella fruta o especie vegetal, ya la deseaba y, no tuve que esperar tanto, justo al bajar de las guaguas corrimos en desbandada a los árboles y el griterío de todos y advertencias de otros no tenían cabida en ningún corazón en aquel intenso instante.
Cuba, abrió sus puertas de par en par para mí, para nosotros y para millares de jóvenes de otros centenares de países. Cuba era mi destino y mi tierra de acogida durante 13 largos años pero también fructíferos y hermosos. Estudié casi todo el ciclo formativo allí, desde 5º de primaria hasta graduarme en la universidad. Yo definiría a Cuba como mi madrastra, pero esa que fue buena en todo momento, tolerante, eficaz, alegre y a la vez severa, me dio lo que tenía y se esmeró de que no me faltara ni me pasara nada y hasta me agasajó como hijo predilecto, sobre sus propios hijos. En Cuba no me permitían dormir porque me decían, que solo es necesario dormir cuando se esta muy cansado y a mi edad, ni siquiera había dado un paso de la vida real y... gracias a Dios, nunca desoyé sus sinceros consejos y traté con todos los medios de estar siempre en pie.
Nosotros: éramos 600 niños de entre 9 y 12 años de edad, todos nacidos en plena guerra del Sahara Occidental y nuestra primera infancia fue marcada por el fusil y la bala, las trinchares y el miedo constante y sobre todo los largos viajes a todas partes y a ningún sitio. El Sahara, tan luego supe que era el desierto más grande e inhóspito del mundo y, que mi país se llama así porque esta en su parte más occidental. Mi país ahora sé que existe realmente, porque convivo con personas que han estado o viven allí. Aquellos murmullos que oía de pequeño sobre un tal Sahara Occidental y sus ciudades y sus barrios eran ciertos y, que mi padre murió defendiéndola.
Cuando abandoné Cuba, ya con 22 años y estaba bastante crecidito y con un titulo de licenciado bajo el brazo, era un mes de octubre, como antaño cuando llegue a la isla, no tenía una idea exacta de a donde voy, pero quería ir, ver a mi familia era lo más urgente, de la ultima vez hacía ya 13 años, un día me desligué de ellos sin mediar palabra y ese hecho también para siempre separó nuestras maneras y actitudes, cierto, ya no me acordaba de sus rostros ni de sus palabras. Mi reencuentro fue lamentablemente frió, pero intenso, no derramé lagrima ninguna, apenas mi madre pudo dejar ver unas cuantas gotas. Tenía una sensación rara en esos momentos, que más adelante esa sensación, se transformaría en confusiones, malentendidos, incoherencias, pensamientos raros, obligaciones...
Así, casi agobiado hice volar mi imaginación y, lo hice de todas las maneras posibles, en uno de esos vuelos, año y medio después de mi llegada a Tindouf, aterricé en Gran Canaria, era marzo 1997.
Eso, es otra historia y, otra lucha. Supe aquí en canarias que 2 y 2 no son siempre 4 y otras cosas más y; supe cual es mi razón de ser en esta vida y también cual es la de los tigres y los leones y las hormigas y los buitres y las hienas.
Por ejemplo hoy sé que estoy desarraigado, que tengo cien cabezas y mil lenguas; mis pasos van marcando un rumbo de lo que no tenía que haber pasado nunca o, tal vez si, pero, sé que mi tristeza no es contagiosa, porque va encubierta con chocolate y un trasparente hilo de miel para disimularla.
Por ejemplo, que los buitres se alimentan de los animales muertos y vuelan muy alto y; las hormigas son tan fieras y voraces como los leones.
En fin, que con esto pretendo que me comprendan y que cada cual dé buenamente mucho de si, siempre siempre siempre.
El barco y la camarera - Ali Salem Iselmu, Pirri
Éramos cerca de quinientos niños y estábamos al norte de Tinduf, los maestros nos iban contando por nivel y edad, luego a cada uno le daban un bocadillo de pan con atún y queso y lo subían al autobús. Ese día empezábamos un largo viaje desde el sur oeste de Argelia hasta la ciudad portuaria de Oran.
Recorríamos a toda velocidad el desierto, era el mes de octubre. Estábamos sumidos en un otoño caliente. Todos nos mirábamos las caras en medio del silencio, yo y mi compañero sentíamos una enorme tristeza, apenas teníamos cumplidos los doce años y en medio de la incertidumbre estábamos totalmente confundidos. Recuerdo nos hablaban de una isla lejana al otro lado del Atlántico, los maestros se esforzaban mucho en explicar donde estaba aquel lejano lugar pero nosotros solo conocíamos el Sahara y los campamentos, jamás habíamos visto ni oído que en América pueda existir una lugar llamado Cuba.
Empezó a oscurecer y el autobús seguía a toda velocidad dirigiéndose hacia el mar Mediterráneo. En ese momento veíamos que cada vez que pasaban las horas la posibilidad de volver a ver a nuestras familias se alejaba mucho más y todo nos parecía demasiado raro, porque no lográbamos entender como podíamos alcanzar un lugar tan lejano a nuestro entorno cultural y geográfico.
Después de un largo viaje llegamos una mañana soleada y caliente al puerto de Oran. El Mediterráneo estaba tranquilo, apenas se sentía el ruido de las olas, bajamos de los autobuses e inmediatamente empezaron a repartir bocadillos y agua. Luego nos mandaron hacer una cola interminable, cada uno con sus pertinencias y empezaron a llamarnos por nuestros nombres y así comenzamos a subir en aquel enorme barco ruso. Cuando me tocó a mi subir empecé de repente a llorar y los maestros me decían “¿por qué lloras?, si vas a ir a un lugar muy bonito, donde vas a aprender muchas cosas, mira los demás como juegan y están alegres; no llores, si sigues llorando tus amigos serán mejores que tú”.
Subimos a aquel barco, yo y mi amigo entre lágrimas y suspiros. Cuando estábamos arriba se me acercó de repente un mujer rubia, alta y de ojos azules y me dijo “ven, esta será tu habitación, tú amigo dormirá en la parte de arriba de la litera y tu dormirás abajo”. Después aquella mujer me llevó por todo el barco me enseñó la piscina, un pequeño campo de fútbol, el comedor y al final fuimos a la sala de cine. Era enorme, recuerdo que podían caber más de doscientas personas. Luego volví con aquella mujer a mi habitación, cogió toda mi ropa sucia y se la llevó con ella a la lavandería.
Al final me quedé en medio de la habitación con mi amigo. Empezamos los dos a dibujar y cada uno intentó dibujar un enorme camello que creíamos poder cruzar con él el océano, luego cogíamos las sabanas y de cada sabana hacíamos un turbante enorme y lo colocábamos encima de la cabeza y empezábamos a hablar en voz alta, cada uno intentaba interpretar un papel de un película de dibujos animados que habíamos visto en el 9 de junio.
A la una de la tarde entró la mujer y me saludó, luego cogió mi mano y me llevó al comedor y me dijo, “Yo me llamo Tatiana soy de la ciudad de Leningrado y quiero a partir de ahora que aprendas bien mi nombre”. Ella hablaba árabe con acento sirio y entendía alguna palabra en castellano. Me enseñó a coger bien el tenedor, la cuchara, el cuchillo y a comer despacio, sin prisa.Quería que comiera mucha fruta y verdura, siempre me sacaba un mapa que tenía guardado y me enseñaba su ciudad. Hablaba mucho del frío de la nieve pero yo no entendía nada. Una noche me cogió de la mano y me llevó hasta el final del barco, allí bajo la luna llena me enseñó como nadaban los delfines persiguiendo la estela del barco. Recuerdo que me dijo “el mar es como el desierto todo es monótono e igual, lo único que rompe su uniformidad es el salto de los delfines en el agua, como los lagartos del desierto cuando entran y salen de su escondite”.
Catorce días, uno detrás de otro, duró la travesía en medio del inmenso océano y Tatiana siempre estaba preocupada por mi ropa, comida y ducha. Me traía juguetes y procuraba que yo jugara con los demás niños y cuando le preguntaba sobre el Sahara miraba hacia atrás y con su dedo índice me indicaba que al final de aquel enorme charco de agua podría quizás encontrar mi país y mi familia.
Cuando vimos las luces del puerto de La Habana era de noche y el barco estaba llegando. Tatiana me arregló la maleta, me escogió la ropa que tenía que ponerme y empezó a peinarme el pelo hacia atrás. Luego me acompañó hasta la escalerilla del barco y me regaló su foto en blanco y negro con su nombre escrito en español. Las lágrimas se caían de sus ojos azules entre abrazos y sollozos. Yo también lloré por Tatiana, por mi familia, por el barco y los delfines.
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